sábado, 17 de marzo de 2012

El Jóven Rico


Cuando Jesús estaba ya para irse, un hombre llegó corriendo y se postró delante de él.  Maestro bueno —le preguntó—, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? ¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino sólo Dios.  Ya sabes los mandamientos: "No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre."

Maestro —dijo el hombre—, todo eso lo he cumplido desde que era joven.
Jesús lo miró con amor y añadió: —Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas. Jesús miró alrededor y les comentó a sus discípulos:
¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!

Los discípulos se asombraron de sus palabras. Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! —repitió Jesús. Le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Los discípulos se asombraron aún más, y decían entre sí: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Para los hombres es imposible —aclaró Jesús, mirándolos fijamente—, pero no para Dios; de hecho, para Dios todo es posible.

¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? —comenzó a reclamarle Pedro. Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del *evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna. Pero muchos de los primeros serán últimos, y los últimos, primeros.

Marcos 10:17-31

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